"Cuando constaté que los ovarios de mi madre estaban fértiles, les dí la orden de acoplarse. Se tendieron desnudos en medio de la iglesia. El sexo de mi padre se hinchó con tal fuerza que su cabeza se puso violácea y el óvalo candente de mi madre secretó un torrente blanco donde los dos se sumergiron convertidos en ángeles acuáticos. El placer transformó sus carnes en conciencia, las estrellas se pusieron a recorrer el cielo llenándolo de líneas plateadas, el semen galopó por los canales y surgió a borbotones para llenar de espuma la caverna mágica. No me había equivocado. Esos dos seres, transidos de amor, con los alientos anidados, me daban la oportunidad milagrosa de volver a poseer un cuerpo. En los meses que siguieron, fuí creciendo tranquilo. Habiendo logrado unir a dos progenitores de mi elección, me entregue a la sabiduría de las células: ellas poseían el concimiento milenario para formarme. A mí sólo me quedaba una tarea: hacer que me parieran en el sitio geográfico preciso, en el mes y la hora justos, para que mi destino concordara con mis ambiciones."

Alejandro Jodorowsky, en “Donde mejor canta un pájaro”